A propósito de Una relación privada (Une liaison pornographique, Fréderic Fonteyne, 1999)*
*Distribuída en algunos países de habla hispana como "Una Relación Particular"
[Artículo escrito para el diario "Página/12": ver artículo publicado]
Silvia Nussbaum y Rodolfo Moguillansky [1]

El director del film
"Una relación privada" (Une liaison pornographique), el belga
Frederic Fonteyne, nos ofrece,
luego de un plano en el que vemos personas sin un rostro definido, bellas imágenes de una pareja. Estas transcurren en dos
campos: escenas compartidas y otras en las que cada uno por
separado va relatando su versión
sobre lo que le ha pasado en ellas. Apoyándonos en este relato cinematográfico,
formularemos una hipótesis sobre la constitución del vínculo de pareja, el
conflicto vincular y el peculiar
desarrollo que éste tiene.
a-La prehistoria del vínculo.
La prehistoria de este vínculo comienza con el
anhelo del personaje que encarna Nathalie Baye, realizar una vieja fantasía: “quiere tener una relación limitada a lo sexual con un desconocido”. Ella busca activamente alguien con
quien concretar esa fantasía; pone un aviso proponiendo este tipo de relación
con la expectativa de encontrar quien se avenga y quiera personificarla junto
con ella. Él (el personaje representado por Sergi López) compra esta oferta; él
mira con frecuencia revistas en la que se publican este tipo de avisos.
Pareciera que lo que lee en esta oportunidad resuena en alguna disposición de
él y decide encarnar lo propuesto.

b-El primer encuentro: la escena en el bar.
El y ella se encuentran por primera vez en un bar.
Ella llega primero, lo que será una constante hasta la última cita. Quizás esta
modalidad, estar antes, como si fuera la dueña de casa, es un dato más que
refuerza la plausible hipótesis que entre los dos contribuyen a que, en este
vínculo, sea ella quien define las reglas. Cuando él llega - según ella no
habían intercambiado fotos - al verlo entrar “sabe que es él”. Si bien “sabe” - como si pudiera
anticiparlo con su saber-, reconoce que es distinto a cómo lo había imaginado,
y ésto, según ella, no la desilusiona. No sólo admite a alguien que no es
igual, sino que saliéndose de su guión, le da a él aún más singularidad, queda
muy impresionada por su sonrisa: “cuando
sonríe es lindo”.
Queremos llamar la atención que él tiene otra
versión sobre la relación previa al encuentro en el bar, sostiene que habían
intercambiado fotos. Se lo ve entusiasmado con la cita, cuando la cuenta dice:
“me gustan las mujeres reales (no en
foto)”, aunque con lo dicho no es claro que esté diciendo que le gusta ella en
particular.
A poco de estar sentados en el bar, ella sigue tomando la iniciativa
comunicándole que ya ha reservado un cuarto en un hotel cercano. A él se lo ve
incómodo, como si necesitara algún prolegómeno mayor, o preocupado por sólo ser
un personaje de utilería que ha sido contratado para hacer una tarea. Entonces
pregunta: “¿ya reservaste el cuarto, y si
yo no te gustaba?”. Ella intenta salirse del cariz personal-pasional que
está tomando la charla y le contesta con una frase de cortesía: “ahora me gustás”. La introducción de la
dimensión amorosa: si a ella él le
gusta, amenaza que lo que suceda
exceda lo meramente contractual, pero aún así, metiéndose por un momento en ese
clima sensual contrapregunta qué es lo que él siente. El entonces, corta este
tipo de diálogo y contesta preservando el contexto de una relación no amorosa:
“¿parezco enfermo?”. Sin embargo, no
puede evitar su curiosidad – reapareciendo un vértice pasional - ¿ha habido otros que lo han precedido
en ésto que le ha propuesto?. Es ella ahora la que pone las cosas en su lugar,
contesta evasivamente y encarrila la conversación dándole nuevamente un tono
contractual y habla de los atributos que le atraen en los hombres, como si
fueran parte de una serie (en el sentido que Sartre le da a serie, individuos
intercambiables): que sean altos, pilosos. La descripción que hace de sus
preferencias lo cosifica. El no sabe como comportarse, sigue con el cognac que
había pedido, ella entonces, con
premura interroga: “¿vas a seguir con el
cognac?. Es claro que no fue
una pregunta, fue una indicación sobre lo que tenía que hacer. El, adecuándose al guión de una relación
impersonal le propone ir al hotel.
Antes de llegar al cuarto aumenta el clima de incomodidad: caminar desde
el bar hasta el hotel, esperar la aprobación de la tarjeta de crédito con la
que él paga, la entrega de las llaves por parte del conserje, subir hasta la
habitación, abrir la puerta. Cada uno de esos pasos es penoso y torpe, son dos
desconocidos que no saben que hacer juntos en un espacio público. Entran en el
cuarto y éste se cierra para el espectador. Lo que tenemos después son relatos,
e imágenes que nos van a permitir intentar reconstruir lo que allí se
produjo.
c- La constitución del vínculo.
En
las escenas en las que aparece cada uno por separado relatando su experiencia,
el interlocutor sin rostro que tienen es curioso, quiere saber qué sintieron y
con un espíritu voyerista pide detalles.
Tanto él como ella,
refiriendose al hotel, sólo dicen que fue muy bueno.
La opacidad que tiene la escena para el espectador, también
la tiene para ellos. Ella aclara que a su edad no tiene inconvenientes en
hablar de sexo, que no es pudor lo que le impide poner palabras a lo sucedido,
pero aunque no pueda, al recordarlo, se le iluminan los ojos. El por su parte
también sonríe con picardía cuando se acuerda, pero tampoco lo puede contar. Esta escena opaca, imposible de ser
descripta, por lo menos en ese momento, tiene eficacia sobre ellos. Es por esta
eficacia, que pensamos, que a esta escena opaca subyace una experiencia de
ambos que será fundante del vínculo. Es después de esta experiencia que queda
establecido el modo de relación que tendrán y los enunciados (de fundamento) con los que se regirán.
Veamos algunos de sus resultados: cesa
la incomodidad y la falta de claridad acerca de qué hacer; ella – ya
sujetada por el vínculo, es decir sujeto del vínculo instituido - dice que
nunca fue tan libre en una relación, no le ocurre que “diga algo y piense otra cosa”, se siente con una sinceridad sin
dobleces; él – también
sujetado y significado por el vínculo que han creado - percibe que se ha establecido entre
ellos una regla implícita - que se les impone como un dogma -, “no decirse los nombres, la edad, las
direcciones, no contar nada de la historia de cada uno”. Han instituido un
vínculo en el que sólo tendrán encuentros sexuales a los que califican de pornográficos (ella da la acepción de
sexual para pornográfico, quedando como incógnita que querrá decir con
“sexual”) y ésto lo sentían como algo pleno.
Es ingenuo suponer que lo que los unía era el mero y
presuntamente exitoso intercambio sexual y que seguían juntos porque éste “se
vuelve más atrayente por el entrenamiento que trae la práctica”, como en algún
momento él insinúa.
Sugerimos que lo que los une es la constitución de
un estado que entre los dos han instituido, del que se obtiene, si se abstienen
de una relación personal,
seguridad y plenitud. Esta
ha surgido a partir de una “experiencia fundante” en la que han sido entre los dos “uno”, se han sentido fusionados.
Ellos
ubican ilusoriamente esa
experiencia, “ese encuentro”, en la escena opaca que se desarrolla puertas
adentro la primera vez que van al
hotel. De ésta, inicialmente una escena virtual, va a ir surgiendo una
figuración que entre los dos construíran y creerán que reproduce la verdad
material; también deriva de la misma un sistema de ideales y una formulación
dogmática.
Intentando capturar en una frase lo que los
une, postulamos que: “están enamorados de no estar enamorados”; sienten que la
relación sexual, sin otro intercambio, garantiza un sentimiento oceánico sin
las hipocresías que tienen la generalidad de las relaciones de pareja, “¡que dicen algo y piensan otra cosa!”.
Suponen que, de ese modo, superan el nivel de equívoco que tienen los sujetos
del lenguaje y los sujetos con historia. Son, luego de haber instituido este
vínculo, sujetos del vínculo, están a posteriori sujetados por aquello conjunto
que instituyeron. Esta sujeción se expresa tanto en la atracción que tienen por
la pregnancia de la escena fundante que buscan repetir, como por la observancia de las reglas
que el “dogma” ha instalado. Es parte del dogma no crear una historia y proscribir cualquier proyecto
La
observancia del dogma protege y ratifica los fundamentos de la pareja que han
instituido.
Sin embargo, pronto se harán evidentes las limitaciones
y la imposibilidad de mantener
este refugio; en él está prefigurado el conflicto vincular que se
desplegará.

d-El
surgimiento del conflicto.
El conflicto
vincular surge tanto ante la claudicación de “lo uno”, como por el retorno de lo que fue expulsado
para su constitución.
En
esta pareja, pese al intento de ratificar el sentimiento de “lo uno” en sus
encuentros sexuales, éste no se sostiene, claudica. Cada uno va formulando una
versión distinta de la relación y aparecen además requerimientos no
contemplados por “lo uno”.
Ella dice que la relación duró seis meses y que se
encontraban todas las semanas,
mientras que según él se vieron
durante tres o cuatro meses con intervalos de quince días.
Luego de la segunda cita él la invita a tener un
encuentro por fuera de lo que
habían instituido. Ella tiene alguna conciencia que algo se está alterando.
Dice en ese momento “algo distinto estaba
pasando, pero en ese momento no me di cuenta”. Van a comer juntos, se
divierten y parece entablarse una relación más personal, ella interrumpe este clima proponiendo
volver al hotel, él acepta. Nos parece muy importante este movimiento, la
vuelta al hotel, para entender el procesamiento vincular del conflicto.
Imperceptiblemente han alterado lo estipulado, la respuesta vincular no se hace
esperar: un retorno a la modalidad de relación que les aseguraba lo que
inicialmente habían instituido. Aunque ambos vuelven a decir que fue muy bueno,
ya esta relación sexual en el hotel resulta una manta corta; surgen deseos de
una relación más personal: al despedirse él quiere llevarla a la casa en su
auto, ella vacila. Los rituales fundantes sin embargo priman momentáneamente,
ella toma un taxi. La vuelta al hotel fue un intento de anular el encuentro que
desbordaba lo meramente “sexual”, sin embargo éste quedo titilando. Ella,
tratando de volver a las fuentes, propone un cambio en la modalidad de relación
sexual, quiere estar arriba, afirma que le gusta dominar. Esta propuesta es, a
nuestro juicio, gatopardista, no hay tal cambio. No es más de lo mismo, la
escena sexual ahora adquiere figuración y palabras; vemos por primera vez
entrar la cámara al cuarto, lo que no es trivial, ya no se mantiene la
opacidad.

Con la figuración la escena pierde encanto; se les hace
necesario un aumento de la excitación para recapturar el idealizado “encuentro sexual”. “Encuentro sexual”
es prolongar sine die la aparición del orgasmo. El tiene dificultades para
llenar su papel, incluso cuenta sobre su desagrado, su sufrimiento. Ella
glorifica este disgusto: “es un
ingrediente importante en el logro del placer”. Lo invita a que lo soporte
y le propone seguir excitándose, él no lo tolera y trata de evitarlo tapándose
la cara con una almohada. Ella busca reencontrar la opacidad perdida en la que
lograban “lo uno” mediante el recurso de cubrirse con las sábanas. El ya no lo
quiere, quiere verla. Los dos han dejado de buscar lo mismo. Finalmente se
tapan con las sábanas, pero ya no son “lo uno”. Para ella ¡han tenido un orgasmo juntos!, él cree
haber tenido una eyaculación precoz
y pide disculpas. En la pareja
empieza a haber dos ajenos, simultáneamente la relación toma un cariz más intimista, la
cámara se entretiene en una escena muy tierna, ella lo acaricia a él. Han dejado de ser dos seres que cumplen
con una tarea. La relación se ha endiablado, es un tema de preocupación qué es
lo que sienten. Se ha roto la sensación de plenitud y de transparencia mutua.
En el próximo encuentro ella está ”perdida”, no
quiere ir al hotel, está muy angustiada.
A la siguiente cita él llega más tarde de lo habitual, ella está por
irse, él se enoja. La relación ya no es una maquinaria eficiente, ha entrado la
problemática del amor; importa si el otro espera, si se va, etc. Otra vez el
hotel, pero sin la magia inicial, con la sensación que puede ser el último
encuentro. Ella rápidamente se va. El tiene miedo de perderla y desesperado sale
a buscarla, no la encuentra. No sabe su nombre, su dirección, ni quién es. Esto
es por primera vez importante. La cámara ya no filma escenas en el bar o el
cuarto del hotel, el conflicto ya no se limita a espacios privados, transcurre
en espacios públicos: él la va a buscar al subte y trata de encontrar una cara
singular en la multitud.
Habían
dudado si habría una próxima vez, pero con alivio para ambos, vuelven a reencontrarse. Van hacia el hotel y
mientras están en la habitación
accidentalmente entran en relación con un hombre que luego de tener “un
ataque” les cuenta la historia de
su propia pareja: ésta es una historia llena de sinsabores, pero también de
grandes apegos. Pese al sufrimiento compartido la esposa de este hombre ¡no
puede vivir si el marido se muere!. Más tarde se enteran que este hombre murió
y la mujer se suicidó. Esto los impacta, tanto por el apego que sentían estos
dos desgraciados, como por percibir que la vida no puede ser reglada, hay
eventos que escapan a la voluntad. El afuera irrumpe, no sólo sus vidas
transcurren ahora en espacios públicos, sino que también entran, sin haberlo
decidido, en interacción con otras personas. Ella dice “era la
primera vez que nos había sucedido algo que no habíamos decidido, algo tenía
que cambiar”. Cuando se ven - después de este accidente - en el bar, habitual prólogo de la ida
al hotel, se respira un aire distinto: son dos inseguros, no saben qué siente el otro. Hay un tibio
intento de sincerarse. Ella propone no ir al hotel, le declara su amor y lo
inquiere acerca de que siente él. Sin embargo no están dispuestos a afrontar la
incertidumbre de querer ser querido. Prima el recelo. Cada uno se refugia en su
propio saber, cada uno sabe qué
siente el otro, no pueden afrontar
que no saben.
Este saber, basado en una supuesta transparencia mutua, es
fuente de malentendido pero los protege del dolor que trae la incertidumbre de
estar con otro y aspirar a una reciprocidad que ya no está garantizada. Temen
que la pérdida de “lo uno” lleve a la desilusión y no la quieren enfrentar. Él
dictamina que la relación no va a resultar, si
seguimos juntos nos vamos a odiar. El vínculo se disuelve, se evidencia la
cobardía para afrontar que son dos sujetos diferentes, no se arriesgan a una
mayor complejidad vincular.
El director finaliza la película –
del mismo modo que la inicia - con una escena fuera de foco de los rostros
anónimos de la calle. Todo se ha vuelto nuevamente impersonal.

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