Encuentros y desencuentros vinculares.


En este texto quisiera dar algunas notas sobre la especificidad de cómo concebimos la noción de encuentro y desencuentro en el campo del psicoanálisis vincular diferenciándola del modo en que ha sido concebido en el campo social.

Rodolfo Moguillansky
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En este texto quisiera dar algunas notas sobre la especificidad de cómo concebimos la noción de encuentro y desencuentro en el campo del psicoanálisis vincular diferenciándola del modo en que ha sido concebido en el campo social. En el campo social, así lo ha señalado desde la sociología el funcionalismo norteamericano, es importante que un encuentro se base en “la conveniencia mutua”, en “la conjunción  de intereses”.

Sin dejar de pensar que este vértice - la conjunción  de intereses - cumple un papel importante, proponemos que en nuestro campo, los sentimientos de “encuentro” y de “desencuentro” están estrechamente relacionados con las vicisitudes del amor; lo que une,  lo que da condiciones de posibilidad de que se de “un encuentro” no es sólo  “lo que conviene” sino que los  vínculos que analizamos encuentran su razón de ser - o para ser más precisos encuentran su “sin razón” de ser –   en el “amor”

La idea de “encuentro” entonces, al menos en nuestro específico campo de interés, sólo tiene sentido en una subjetividad en la que sea concebido como posible el “encuentro amoroso”, encuentro que en el vínculo definirá  la idea de bienestar, y desde él el consiguiente “desencuentro”, el que será  concebido como fuente de malestar.

No siempre tuvo el encuentro amoroso este papel determinante en el vínculo de pareja.  Suponer el encuentro amoroso como posible y como fundamento de la pareja surgió con el advenimiento de la familia moderna,  se trata de una construcción cultural reciente, es una producción social de Occidente del siglo XX.

Este nuevo modo de vincularse, constituir una pareja en base a un sentimiento de encuentro amoroso en el que se supone que se arriba a una reciprocidad fue imaginado por el romanticismo y recién tuvo una generalizada realización social después de la primera guerra mundial, después de 1920,  como producto de los cambios que se dieron en los modos de pensar - a los que también contribuyó el psicoanálisis -, los cambios sociales y el nuevo lugar de la mujer. 

En esa época dejó de ser hegemónico el matrimonio concertado y emergió esta idea innovadora que atravesó todas las clases sociales en Occidente. Se afirmó que los lazos matrimoniales debían estar asentados en un sentimiento recíproco, en un lazo decidido por los que lo iban a integrar.

Esto es la médula de lo que constituye la pareja moderna, una pareja y una familia decidida por “el amor que creen sentir entre ellos”.

Esa novedosa pareja moderna, basada en  la ilusión del amor recíproco, dio las

bases emocionales a la pareja occidental de nuestros días y determina la clínica con la que nos encontramos en la consulta, tanto de los sufrimientos que ocasionan los desencuentros en el campo del amor como su devaluación o la falta de amor en la posmodernidad. 

A esta pareja  sustentada y nacida de  la apasionada ilusión del amor recíproco, en la que se suponía se articulaba el amor con la sexualidad, Denis de Rougemont  llamó  “un invento de Occidente”. 

Este invento apoyado  en la ilusión del amor recíproco  modificó  las bases en las que se había sustentado la pareja y  cambió  sus fines. Ese lazo nunca antes había sido considerado por la sociedad como asunto exclusivo de los contrayentes.

El matrimonio, antes de este invento, estuvo  ordenado por medio de sacramentos religiosos o disposiciones jurídicas para “la contención de la concupiscencia”, proteger la procreación y asegurar la educación religiosa de los hijos. Ese era su fin.

La familia moderna, a diferencia de las formas previas, se sustenta en sí misma. Este sustento encuentra su apoyo en la “materialidad” que se cree aporta el enamoramiento. Sobre esa “materialidad”, que pasa a ser su zócalo narcisista, se crea un tejido imaginario en el que se despliega una compleja trama emocional y adviene una nueva racionalidad. Se cree razonable que los hombres y mujeres decidan acerca de su vida amorosa y se cree  que con el amor  es posible alcanzar la felicidad. No siempre se anheló la felicidad, en el medioevo se aspiraba a la salvación. La aspiración de la felicidad es un anhelo moderno y se supuso que se alcanzaba a través del amor recíproco.

La modernidad introdujo entonces la suposición que en esa pareja que encontraba su fundamento en la reciprocidad amorosa se podría constituir la felicidad y se alcanzaría una pareja y una familia en la que reinaría la armonía.  ¡Oh el amor! Si hay amor, contigo pan y cebolla. 

Si bien se supuso que sobre estas bases se alcanzaría una solución eterna, la solución alcanzada por la pareja moderna no instituyó una forma definitiva. Sin embargo seguimos marcados por la convicción moderna de que la búsqueda de felicidad puede ser un objetivo sensato para nuestras vidas; sigue teniendo arraigo la representación idealizada del estar juntos en un vínculo de pareja, lo que explica la supervivencia de esta ilusión al modo de una religión: es cuestión de fe, “tiene que ser”. Así, por ejemplo, se “cree” en el amor, es “necesario” que exista.

La ilusión idealizada del amor de pareja, aunque en la posmodernidad está devaluada, perdura en los “enunciados del fundamento” de nuestra cultura y que, aunque para algunos grupos pueda resultarle hoy desvaída, sigue teniendo pregnancia para una parte importante de la sociedad.

La idealización fundadora del vínculo de pareja instala una lógica binaria que sólo admite estar dentro - semantizado como “un encuentro” - o fuera de la representación idealizada - significado como “un desencuentro” -.

El malestar, por efecto de esa lógica binaria, no es aceptable, lo que determina un plus de sufrimiento agregado al malestar que origina la consulta, el malestar por la imperfección. Sienten que  si tienen conflictos, si hay desencuentros, “fracasan como pareja”. De esto resulta que el conflicto de pareja, “un desencuentro”, suela ser vivido como un deterioro.

La pareja moderna fundada en la creencia que tuvo como hecho inaugural la ilusión de la consumación del amor, además debe instalar, garantizar un orden. Pero amor y orden son objetivos difícilmente armonizables, si no incompatibles.

El orden suele coagular valores, los que al rigidificarse convierten  a la pareja, a la familia, en una institución burocrática. Cuando así ocurre  la pasión queda por fuera de la institución. Hay entonces un conflicto casi inevitable entre la pasión – que creemos constitutiva - no sólo por o entre los sujetos que constituyen el conjunto, y  el anhelo por el  orden que instala  la pareja.  Los avatares de este doble fin, la pasión y el orden suelen  centrar nuestra clínica.

Encuentros, Bien Común y Bienestares Vinculares

Es habitual que el relato de cualquier pareja que consulta incluya no sólo la queja por los malestares que motivaron la consulta sino también algún enunciado de “bienestares”.

Malestares y bienestares están indisolublemente ligados entre sí. Cada pareja edifica su propia cultura y parece  innegable que muchas parecen disfrutar, con un estilo propio, lo que se podría llamar un bien en común: el bienestar que puede proporcionar estar incluidos en una pareja.

Le damos a ese bien común el status de una noción vincular.

Solemos escuchar que se dice que “la pareja está bien”, o que “el vínculo está fuerte, o sólido”, y no es un problema menor quién es el sujeto de esas frases y qué quiere decir “está bien” o “está sólido”. El bien común es la evidencia de una construcción que da cuenta de un ser conjunto, que se cree que tiene entidad, que tiene continuidad por fuera de los momentos en que están juntos. Creen en la existencia de ese  conjunto pareja.

Formas del  “bienestar del encuentro”, del “bienestar vincular”

De modo esquemático podemos describir cuatro vertientes, o fuentes de “el bienestar vincular”, “el bienestar del encuentro”. Ese “bienestar del encuentro” lo vemos expresado en una  narrativa del bienestar que asegura que hubo, hay y habrá un encuentro.

Esta narrativa  se realiza a través de:

a-historias, reconstrucciones de los encuentros que se han historizado como generadores del vínculo;

b- relatos que aseguren que siguen siendo, o que alguna vez han sido;

c- relatos en los que se  proyecta un futuro en el serán; etc., etc.

d-relatos que reclaman por no haber sido o por haber dejado de ser. En estos relatos vemos  el revés de la trama que subyace a la queja y el reproche por no haber sido o por haber dejado de ser. A la queja y al reproche subyace la  presuposición de un bienestar que falta o que ha sido dañado.

 

Algunos presupuestos que hacen a nuestro recorte: Nuevos momentos de constitución narcisista  nuevos momentos de constitución subjetiva

Venimos proponiendo (Rodolfo Moguillansky y Silvia Nussbaum, 2011) que en la constitución del vínculo se dan nuevos momentos de constitución narcisista que actúan como nuevos momentos de constitución subjetiva. Sostenemos que todo vínculo intersubjetivo estable se instituye apoyado en el cimiento de una experiencia fusional amasada con la argamasa del encuentro ilusorio con lo idéntico o lo complementario, se desmiente las diferencias, lo heterogéneo se vuelve homogéneo y, de ese modo se aproxima, en una articulación posible, lo diverso. Este “encuentro” presupone haber constituido entre ambos  “Lo Uno”.

“Lo Uno” instituido por la pareja, sobre la premisa ilusoria  de tener la misma ilusión,no por ilusorio deja de ser estructurante. La consistencia narcisística de  “ Lo Uno” que instituye al “nuevo conjunto” hace que, quienes lo conforman devengan otros sujetos: “sujetos del vínculo”. Lo conjunto creado por los sujetos, entonces, a su vez sujeta y establece lugares inconscientes que también son fuente de sentido, generando una nueva fuente de significaciones inconscientes que los determina, produciendo en consecuencia una nueva subjetividad.

Los bienestares del encuentro.

Distinguimos los siguientes bienestares:

a) El Bienestar de la Fusión

b) El Bienestar de la Seguridad

c) El Bienestar de la Confianza

 

a) El Bienestar de la Fusión

Como realizaciones del Bienestar Fusional mencionaremos:

1-La ilusión de tener la misma ilusión

2-La creencia compartida acerca de complicidades sincronizadas y  expectativas de mutuas reciprocidades

3-El bien común y su expresión jurídica: el bien ganancial

4-El sobreentendido

5-La historia en común

6-La ilusión de tener recuerdos compartidos

7-La creencia en un origen

8-El proyecto compartido

La ilusión de tener la misma ilusión:

En los estados de enamoramiento y, en general, en todos los momentos fusionales por los que repetidamente suele pasar la vida de pareja, se suele tener la ilusión de tener la misma ilusión. Esta fantasía de tener la misma fantasía parece ser suficiente garantía para tener la convicción de ser “el uno para el otro”. El bienestar que depende de esta ilusión de encuentro, tanto en su versión de complementariedad como de gemelaridad, asegura que “los dos sentimos (fantaseamos, representamos, etc.) lo mismo y al mismo tiempo”.

La creencia compartida acerca de complicidades sincronizadas y  expectativas de mutuas reciprocidades

Se suele suponer con la forma de una convicción que existe una “disposición natural” para desplegar complicidades sincronizadas que presupone iguales expectativas y mutuas reciprocidades.

Hay momentos en que las parejas nos transmiten que suponen que la diversidad de sus aportes al “bien común” y sus características personales se conjugan armoniosa y gratamente. Nos toca allí diferenciar cuando esta suposición proviene de la trabajosa combinación de diferencias personales en una relación de mutuo beneficio (trabajo vincular) a cuando es expresión del bienestar ilusorio de la suposición en una “natural y obvia complementariedad”.

 

El bien común y su expresión jurídica: el bien ganancial

La vida cotidiana muestra las dificultades que tienen las parejas para concebir y mantener cualquier tipo de bien conjunto, tanto en lo material como en lo emocional, dado que el bien conjunto exige tolerar que algo no sea totalmente propio. El trato del bien ganancial nos orienta con frecuencia porque puede, en ocasiones, modelizar, dar una versión manifiesta del trato que recibe el bien emocional y resultarnos así útil en nuestra tarea de detectar patrones vinculares inconcientes. En ocasiones la pareja desplaza sus logros y dificultades sobre esta versión sensorial, aprehensible y poseíble de lo conjunto, siendo habitual la confusión entre ambos bienes.

Cuando intentamos capturar (poseer) el bien emocional, a diferencia del bien ganancial, se nos deshace en las manos. Su significado siempre se nos escapa, se resiste a cualquier disección y es inestable, a cada momento lo perdemos. Sólo podemos "confiar" en reencontrarlo, no es  acumulable.

El bien ganancial, en cambio, se puede tangiblemente incrementar, tiene un valor cuantificable y persiste en el tiempo. El bien ganancial es una propiedad conjunta, el 100% es de los dos, tiene carácter indiviso mientras se mantenga el vínculo. Al disolverse la sociedad conyugal cada uno tiene derecho al 50%.

En el bien emocional, en cambio, si bien el 100% es de los dos, nunca el 50% llega a ser de cada uno ya que es un bienestar que desaparece con cada desencuentro. De allí que, en cualquier proceso de desencuentro que termine en una separación, cada uno se sienta perjudicado, con la convicción de que el otro se ha beneficiado a su costa. No se concibe que un bien ha desaparecido, que nadie se ha llevado su “parte” porque el bien emocional no admite partes, no admite partición.

Con bien común, entonces, aludimos a una dimensión emocional del bienestar compartido del que son usuarios los miembros de una pareja o una familia. Se trata de un producto nuevo, no preexistente a la constitución del vínculo y por tanto distinguible del "bien de uno".

La noción de "bien ganancial” la pensamos como un retoño jurídico del ideal fusional de “Lo Uno”.

 

El sobreentendido

El sobreentendido expresa la creencia basada en “Lo Uno” por la cual, contradiciendo el malentendido estructural del lenguaje o la inevitable penumbra de significados, se afirma que las palabras dicen lo mismo para los diferentes participantes del vínculo.

 

Una historia en común

Toda pareja, toda familia construye una historia que “explica”, historias que creen haber vivido juntos.

Esas “explicaciones” no explican, pero nos dan un perfil del mundo vincular. Allí se suele recortar:

a) un sistema de valores;

b) qué es lo que definen como bienestar y sufrimiento;

c) las teorías que han ido construyendo para explicar el surgimiento del bienestar y del sufrimiento.

 

La ilusión de tener recuerdos compartidos

La historia oficial incluye la Ilusión de tener recuerdos compartidos, relatos conjuntos de los que finalmente nadie puede asignarse autoría. Lo Uno hace plausible la creencia de ser parte de una misma (y única) historia.

Se reprochan por tener distintas “historias verdaderas”, o se enojan por la “no fidelidad” a lo que históricamente construyeron juntos, y siempre creen que esos desencuentros no son una cuestión de creencias, suelen estar convencidos que no difieren en versiones sino que cada uno es vocero de cómo fueron “las historias de verdad”.  

 

La creencia en un origen

Las teorías explicativas en los vínculos siempre remiten a “un origen” y a la creencia en una escena original en común, que suelen contar en conjunto para dar cuenta del mítico origen, ese en el que ellos creen que comenzó la pareja. Aunque no buscamos el origen material en ese “origen”, historiza el bienestar y suele dar cuenta de las posibles líneas de fisura.

 

El proyecto

Compartir un proyecto crea la ilusión de comunes expectativas. La inconsistencia en el vínculo, dada por la imposibilidad de sostener la idealización fundante, se suele estabilizar parcialmente a través de los proyectos. Éstos colocan  a lo Uno en el futuro.

La eficacia del proyecto, para procesar la desilusión que por estructura trae el vínculo, está dada porque no se le exija al proyecto su concreción absoluta - una ilusión fusional - y que en cambio pueda renovar la ilusión.

b)El Bienestar de la Seguridad

En el Bienestar de la seguridad exploraremos:

1- La seguridad como orden y previsibilidad

2- Las creencias en las que se fundamenta la ilusión de la seguridad

3- Como la seguridad se apoya en una historia, un juego de lenguaje, un consenso sobre lo compartido

4- Las relaciones entre la seguridad como ilusión instituida y como instituyente

 

Seguridad como orden y previsibilidad:

La pareja cree, necesita creer que el amor es algo seguro y que puede tender al infinito. Aunque los conjuntos no son estables, esa ilusión de estabilidad hace a su identidad. Lo conjunto es justamente esa ilusión de que el encuentro vincular es estable. Esta creencia que implica certezas, basada en ideales fusionales, necesita de alguna forma de garantía. Necesita seguridad, básicamente una seguridad en la continuidad.

La seguridad se convierte en un fin en si mismo; más aún, los sujetos del vinculo esperan, exigen, que el vinculo aporte seguridad. Mediante la seguridad, se presume que se alejan o se eliminan imprevistos, riesgos, se supone que se logra un orden y un futuro previsible.

Ante las incertidumbres del amor la seguridad la suele aportar “el contrato social” que ha instituido la cultura, y se suele buscar a través de reforzar las “certezas” que aparentemente tributa la misma organización vincular.

Los aspectos organizados del vínculo se suelen estabilizar:  alrededor de una regularidad de intercambios y de una serie de “convicciones vinculares” que, con la fuerza de un dogma, configuran un establishment que intenta dar orden y previsibilidad. 

 

Creencias en las que se fundamenta la ilusión de seguridad:

En esa tarea cada pareja desarrolla con llamativa fortaleza una creencia singular sobre como somos (“somos así”, “esto nos gusta o no nos gusta”, etc.) cimentada en la convicción de tener valores y preferencias compartidas. Esa creencia  afirmará que a ese conjunto se lo puede re-conocer y re-encontrar en cada encuentro dando la seguridad de una continuidad de la identidad a lo largo del tiempo, de un ser del conjunto por fuera de los encuentros singulares.

 

Una historia, un juego de lenguaje, un consenso sobre lo compartido:

La seguridad encuentra uno de sus más sólidos pilares en la supuesta tranquilidad que aporta:

·      sostener  una historia que construye una realidad, un pasado y prefigura un futuro que se vivirá como compartido.

·      Ser usuarios de un mismo “juego de lenguaje” con neologismos, diminutivos y giros de lenguaje solo entendibles entre quienes participaron en el conjuro de esa deformación lo que da constancia de lo compartido. En ese juego somos entendidos”.

·      La impresión de un consenso sobre lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo significativo que cree un espacio íntimo y secreto donde las leyes que rigen para el resto del mundo se relativizan por la ilusión de vivencia simultánea de una ilusión compartida. 

La seguridad, una ilusión instituida e instituyente:

Lo instituido en el vínculo, el establishment vincular, distribuye lugares que se significan mutua y recíprocamente. Los miembros del vínculo sostienen lo instituido y, a su vez, lo instituido los ubica en un cierto lugar. La seguridad dada por el vínculo fija lugares, restringe movimientos, anula indeterminaciones, estipula identidades. Un requerimiento de lo instituido es el sostén de la creencia en un origen y en una historia-mito que lo explica.

 

c)El Bienestar de la confianza

El bienestar de la confianza es el más difícil de describir. La confianza incluye el reconocimiento de la alteridad; más aún, parece nacer de su efecto.

Encontramos una realización de la confianza cuando, ante desilusiones dolorosas no parecen éstas tramitarse a través del reproche sino que se produce lo que descriptivamente llamamos un encuentro en el desencuentro.

En  este encuentro en el desencuentro no están en primer plano las diferencias y los dolores mutuos que se ocasionan, no se esgrime ninguna causalidad, sólo se admite que los “hechos” son así, al modo del reconocimiento de una indeterminación, o de una inconsistencia aceptada en el vínculo. Se establece en cambio un clima de comprensión, íntimo, sin intentar aplacar o complacerse pero con un dejo de ternura. Nos parece que el tipo de intimidad logrado en esos momentos cabe llamarlo confianza por la exhibición de franqueza, porque parecen fiarse en que no habrá maltrato ni mal uso de lo mostrado. Si bien entendemos que nada es verdaderamente acumulativo en la emocionalidad vincular, pareciera que transitar por estos estados en los que se tiene la mayor conciencia de la imposibilidad de la seguridad, tiende paradojalmente a depositar un fondo de esperanza en nuevos encuentros, una esperanza a la que pueda quizás apelarse como tolerancia cuando los nuevos desencuentros se precipiten (aunque, como bien sabemos, cada desencuentro es repetidamente catastrófico).

Suelen ser soólo momentos, más bien frágiles, porque ese buen ánimo que impulsan, esperanzado, tiende a proponer nuevas salidas del orden de lo fusional. Por eso preferimos llamarlos estados vinculares.

 

Malestares y/desencuentros.

Lo que se une en la ilusión del amor es una aleación de contradicciones y equívocos por que en ese crisol donde se templa el amor, el acero que resulta es a la vez depositario tanto del sentimiento de un “infinito sentido”, como del “colapso del sentido”.

La consistencia dada por la fantasía de unificación en los vínculos que establecemos siempre está amenazada con disiparse.

No es un logro sencillo dentro de un vínculo amoroso concebir que pertenecer

a él no asegura la complementariedad ni la igualdad. Una evidencia de esta dificultad es que la no existencia de la igualdad o la complementariedad suele ser pensada como un fracaso de la pareja y no precisamente lo que hace a la esencia de lo vincular.

En casi todas las parejas, no se suele admitir que el fuego pasional se aquiete, se anhela conservarlo. Perderlo se lo vive dramáticamente. Ha sido un tema reiterado en la literatura y en el cine preservar la pasión sin conflicto que se despierta en el enamoramiento, y para ello, se cree encontrar remedio, aislándo a este momento de la vida cotidiana. Todos recordamos en ese intento al film de   Bernardo Bertolucci y Franco Arcalli, Ultimo Tango a Parigi. En ese film, de modo ejemplar, la plenitud pasional, atemporal, ahistórica, se pretende preservar del supuesto “amor moderado” que suele circular en las  llamadas parejas modernas.

En el film de Berolucci no lo pueden sostener. Ninguna pareja lo puede sostener, aunque todos anhelan conservarlo. La diferencia está dada por como se procesa lo insostenible.

Cada vínculo estable tiene que lidiar en algún momento con la desilusión: un malentendido, una falta, una ausencia, un estorbo, un retardo, una interrupción por referencia a una ilusoria continuidad, identidad o complementariedad entre ellos. La ruptura de la ilusión de complementariedad suele tener como consecuencia “estados de malestar  vincular”, desencuentros.

En el “acmé” de los “estados de malestar  vincular”, en los desencuentros, es habitual que nada de lo oído “caiga bien”, que nada de lo que se diga “caiga bien”, que las palabras pierdan la intención de comunicar; las palabras desmedidas en  tono, altura e intensidad no tienen por fin comunicar ideas, más bien parecen destinadas a penetrar en la mente del otro, acallarlo, anularlo o inmovilizarlo y predomina el uso performativo -como instrumentos- de la  voz y los gestos.  El malestar en el vínculo está frecuentemente acompañado por fuertes enojos, que toman la forma de reproches, los miembros de esa relación se exasperan, se irritan. Buena parte de lo que proviene del otro, en estos “estados”, suele ser sentido como preñado de malas intenciones; esta intencionalidad, esta mala intencionalidad que campea en el seno del vínculo, en esos estados colorea el intercambio y a su vez suele dar razón a la mala intencionalidad propia. En el desencuentro se pierde la confianza en “un bien común”.

Para finalizar diría que la vida vincular, en su mejor rendimiento, está habitada por una serie alternante de encuentros y desencuentos.