El malentendido vincular


Solemos escuchar con insistencia con frecuencia la frase: “las cosas son así” representando  las ideas que tenemos respecto de como debe o no debe ser una familia, y en como este modo de pensar suele estar presente en cada uno de nosotros. Esto hace a que todos creamos que somos expertos en familias.

Rodolfo Moguillansky y Silvia Nussbaum
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Paolo Veronese, hacia 1575-1580, La infidelidad[i]

National Gallery de Londres

 

Introducción

 

En los diversos cursos que dictamos, solemos  proponer a los que asisten que nos digan  qué entienden cuando escuchan la palabra par.

Nos hemos encontrado, al preguntarlo, con diferentes respuestas: algunos respondieron que era un igual a nosotros,  que era un miembro de la Cámara de los Lores de Inglaterra, que era una combinación de dos cartas del póker, los más, que era el modo en que habitualmente se nombra al numeral dos, no faltó quienes agregaron que era un modo indefinido de decir más de uno, aunque destaquemos que en este último grupo estaban los convencidos de que hablaban de algunos y otros, en cambio, afirmaban que el sentido que adscribían a la palabra par era muchos. Y hasta alguien nos dijo que antes de reunirse con nosotros había estado en una zapatería y escuchado como una señora, con un zapato en la mano, se dirigía al vendedor diciéndole: "por favor, ¿me alcanza el par?".

¿Qué es lo que lleva a que la palabra “par” adquiera diferentes significados? Sin demasiado esfuerzo podemos darnos cuenta  que para cada uno de los integrantes de estos cursos la palabra par resultó un texto que fue considerado y entendido en contextos distintos, y que esos diversos contextos explicaban, al menos en parte, sus diferentes respuestas.

Redundando, si par particulariza su sentido en su relación con un contexto, la multiplicidad de sentidos dependió de la multiplicidad de contextos en que cada uno pensó el término. Cuando así  concluímos, hemos realizado una operación más. No sólo hemos advertido que la polisemia de un término puede depender del contexto, sino que también hemos acordado  sobre el desacuerdo inicial entre las distintas respuestas.

Para acordar en ésto - lograr “un acuerdo sobre el desacuerdo” entre las diversas significaciones que adscribimos a la palabra par -, tuvimos que crear un contexto más abarcativo que los que estaban implícitos en cada definición que, cada uno por separado, había enunciado sobre la palabra par.

Adviertan que cuando entre todos hablamos de la polisemia de "par", esto se hizo posible por que creamos  un nuevo contexto que  incluye a los contextos individuales a los que se refería cada respuesta: este contexto más amplio es  un metacontexto.

Vamos a tratar de mostrar, en lo que sigue, algunas dimensiones que se ponen en juego para lograr “un acuerdo sobre el desacuerdo” y en su consecuencia, crear un contexto de significación común.

 

El cuento de la buena pipa y los tipos lógicos

 

         - ¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?

         - Sí.

         - Yo no te dije "sí", te dije "¿querés que te cuente el cuento de la buena pipa?"

         - Sí, contame.

         - Yo no te dije "sí, contame", te dije "¿querés....?"

 

El malentendido en este viejo 'cuento' infantil se produce a partir del sobreentendido, por parte de quien escucha de que quien realiza la primera enunciación además de decir explícitamente "querés que te cuente el cuento de la buena pipa", está metacomunicando (esa comunicación sobre la misma comunicación que habitualmente permanece implícita) "esto debe ser entendido como una pregunta". Por eso, quien responde, al decir "sí", está además agregando en ese otro nivel, que su "sí" debe ser entendido como una respuesta a esa pregunta. Cree entonces al decir, al responder “si”,  compartir los supuestos acerca de cómo se debe entender lo que están diciendo.

El 'juego' (si puede llamarse así) de quien inicia el diálogo, consiste justamente en no jugar el mismo juego que quien responde, en no compartir las reglas implícitas sobre que eso es una conversación, induciendo el equívoco, engañando sobre el hecho de compartir esos supuestos.

El diálogo, como sabemos, podría aún seguir:

 

         - Pero, ¿vos me estás preguntando si quiero que me cuentes el cuento de la buena pipa?

         - Yo no te dije, "pero, vos me estás....", te dije "¿querés que te cuente el cuento...?"

 

         Al repetir cada vez literalmente lo dicho por su interlocutor, el primer enunciante no estaría aceptando que lo que escucha sea un comentario. De este modo no sólo no compartirían cómo se debe entender lo que cada uno dice, sino que con esa maniobra impediría establecer que no lo comparten. Quien inicialmente escuchaba tendría la impresión, y con toda razón, de estar sometido a una situación violenta, por lo que habitualmente el intercambio suele interrumpirse.

Este tipo de juego cruel se hace posible gracias a que nuestra comunicación opera en distintos niveles de abstracción; así distinguimos lo comunicado de lo metacomunicado. No es del mismo nivel lo que un mensaje denota que el nivel -habitualmente implícito - acerca de cómo debe entenderse ese mensaje, ya que este último clasifica al anterior.

Bertrand Russell para poner remedio a estos malentendidos, a comienzos del  siglo XX, introdujo cierto orden al enunciar la teoría de los tipos o teoría de los tipos lógicos, diferencia que permitió distinguir entre texto, contexto y metacontexto[ii].

A los efectos de este texto, la tesis de Russell  podemos enunciarla diciendo que aquello que clasifica no puede pertenecer a lo clasificado, ya que lo que clasifica y lo clasificado son de dos tipos lógicos distintos.

No es del mismo tipo lógico "¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?" que "¿ésto que me decís debo entenderlo como una pregunta?". Cuando no se respeta esta distinción entre niveles lógicos, las formulaciones se vuelven paradojales y se cae en inevitables malentendidos.

Las paradojas  pueden ser superadas por un comentario que las denuncie, un metamensaje que abra un tipo lógico más abarcativo, donde la paradoja y su emisor queden incluidos, definiendo un nuevo contexto.

Ya es clásica la enseñanza de Bateson (1956)[iii] de que cuando a la presencia de paradojas se suma dentro del campo de relación la prohibición de denunciarlas, se producen lo que llamó "relaciones de doble vínculo". Volviendo a nuestros imaginarios interlocutores, su aparente diálogo de sordos podría interrumpirse entonces si algún comentario metacomunicativo fuese aceptado como tal. Claro que entonces estarían jugando los dos al mismo juego, aceptarían compartir reglas y un contexto común. En él acordarían "lo que yo digo debe ser entendido de tal modo y lo que escucho lo entiendo de tal otro" o, lo que no es menos importante, establecerían que no se entienden. La aparición de nuevos tipos lógicos, entonces, toma el valor de metacontextos. También se podría decir lo inverso, que los metacontextos son de un tipo lógico superior a los contextos que incluyen, y esto, como veremos, les permite operaciones peculiares.

 

Las cosas son así

 

Solemos escuchar con insistencia con frecuencia la frase: “las cosas son así” representando  las ideas que tenemos respecto de como debe o no debe ser una familia, y en como este modo de pensar suele estar presente en cada uno de nosotros. Esto hace a que todos creamos que somos expertos en familias.

Es probable que sea una aspiración general llegar a constituir verdades últimas, certezas indubitables, teorías universales, y que de ello nos den cuenta tanto la resistencia de nuestros pacientes como los intentos de la humanidad de reconfortarse en cosmovisiones. Pero además de este anhelo tan general hemos estado reparando en que, más particularmente, hay pensamientos cuyos sentidos pueden coexistir con otros, y competir entonces con otros por el status social o psicológico de más valederos, mientras que otros excluyen la existencia misma de lo diferente. Los examinaremos ahora dejando de lado el que quizás sólo los primeros merezcan ser considerados pensamientos. Para nuestro razonamiento vamos a utilizar las denominaciones de "convencimiento" y "convicción", y así nos referiremos en lo que sigue a los pensamientos que sí pueden o no pueden, respectivamente, coexistir con otros.

Estamos llamando convicción a un pensamiento, o a un sistema de creencias, que no depende de lo que consideramos habitualmente un saber, en tanto no emerge de un conocimiento que se construye. Parece surgir de una lógica interna que sostiene que su sentido no es una "versión", en tanto no hay otras versiones posibles. Por el contrario, asevera que lo que enuncia es "el" sentido.

Como sólo se puede entender así y no admite otra lectura posible, cuando está en juego una convicción se impone un orden sentido como natural y obvio. Al englobar a los otros en esa naturalidad, la convicción presupone que los demás comparten esta creencia, ya que por ser una verdad natural es inherente a la situación. De allí el supuesto de que es absurdo y hasta violento (violenta su naturaleza) que haya otro modo de ver las cosas; se vuelve irrefutable, una certeza. Desde este modo de pensar la legalidad que se concibe es próxima al derecho natural, desestimándose tanto la posibilidad propia como la ajena de tomar iniciativas que no estén contempladas dentro de esta cosmovisión. Es importante por lo que veremos más adelante acerca de los órdenes familiares, percibir que las convicciones sustentan relaciones en donde la autoridad y el sistema que la legitima no son renovables ni relativizables.

El divorcio entre la realidad y el lenguaje que intenta abarcarla, la imposibilidad de que aquella sea reducible en todas sus dimensiones al lenguaje, es lo que permite que puedan aparecer sucesivas aproximaciones (versiones) sin que ninguna sea definitiva.

Parece claro que la convicción se construye a partir de suponer una correlación unívoca entre pensamiento y realidad o, como podría decir Bateson, sin una distinción entre el mapa y el territorio, o entre el nombre y la cosa nombrada. Por tanto se concretiza y deja de ser una teoría; incluso es posible pensar la convicción como un uso del lenguaje para negar su insuficiencia.

La convicción resulta un tipo de pensamiento que no tiene aspiraciones proselitistas. La convicción no interactúa con otros pensamientos, pero si esta confrontación se fuerza, la oposición que establece la convicción no permite una relación de intercambio. El modo en que se opone la convicción a lo distinto no tiene características 'elásticas' ni hay formación posible de productos de compromiso; por el contrario, tiene tal rigidez que, o lo deja afuera, o lo incorpora mediante una crisis que 'rompe' la convicción.

 

Qué contexto tiene la convicción

 

Debemos aclarar que la convicción no es simplemente un enunciado, ni el efecto de un texto dado; no se define desde un texto, sino desde la relación entre texto y contexto (relación que no alude a su verdad semántica sino a su "uso"). Decíamos que era sentida y volcada como una verdad natural, lo que implica que se desprende naturalmente del contexto, de allí su efecto de obviedad .

Tolerar (que se construya) un metacontexto, que como sabemos ahora es de un nivel lógico superior, transforma cualquier pensamiento, más allá de cuál sea su aspiración, en una versión. Lo que afirma una convicción es que para el contexto en que es formulada no hay un metacontexto posible. Un metacontexto que la clasifique y por tanto relativice y acote su sentido. Ese es el último contexto posible y concebible. Lo que llamamos convencimiento en cambio, ese pensamiento que se acepta como versión, admite metacontextos en los cuales el contexto desde el cual define su significado pueda ser incluido.

La ilusión de mirar el mundo desde un contexto último, o mejor aún de tener acceso a un contexto último, organiza un pensamiento con un código idiosincrático, distinto del que utiliza quien no tiene esta ilusión. La diferencia entre ambos no parece estar en los contenidos, sino en el reconocimiento implícito en este último, de que el código es una norma arbitraria y compartida, a la que se llega por acuerdo social, para fijar momentáneamente los contextos desde los que se enuncia.

 

 Ahora, volvamos a las familias

 

Es parte de nuestro modo de pensar que, en nuestro tiempo, en el espacio geográfico de Occidente, las familias se fundan.

Pensar que las familias se fundan es solidario con la idea de que cuando una familia nace se tiene que  aflojar la pertenencia familiar con la familia de origen previa.

Para que surja otra familia tenemos que “dejar de pertenecer” a la previa para así poder “pertenecer a la nueva que hemos fundado”.

La pertenencia a una familia se acompaña con la participación en las creencias que con el valor de convicciones que rigen en ella.

Para fundar una nueva familia deben quebrarse las certezas que contienen las creencias/convicciones que fundamentaban esa pertenencia.

Esta operación a nuestro juicio hace a la esencia de la alianza, ya que de ello depende que se consume.

Es por ello que en el origen de una nueva familia solemos encontrar la creencia ilusoria de que se está en el comienzo de una nueva dinastía y, superpuesto a ella (y  apoyado en ella), un cuestionamiento de ciertas convicciones ligadas a las familias de origen, ésas que relacionábamos con el conjunto identificatorio familiar.

Aunque pensamos ésto como pasos en la constitución del vínculo de alianza, nos detuvimos someramente en las operaciones que estaban incluidas y propusimos que la alianza, al operar como un metacontexto, resignificaba las creencias personales ligadas a las familias de origen. Agreguemos ahora los nuevos términos que recién incluimos.

         Acabamos de ver que los contextos y metacontextos son de tipos lógicos diferentes. En este sentido el vínculo de alianza, al crear un nuevo contexto de significación, instituye un nuevo tipo lógico. Y al operar como un nuevo nivel lógico, abarcativo del de las generaciones que la precedieron, realiza un peculiar corte en el orden del parentesco. La alianza debiera  relativizar las causalidades vigentes hasta entonces, resignificándolas desde nuevas formulaciones que configuran la identidad del nuevo grupo familiar. Al hacerlo crea una nueva racionalidad, que sólo es posible sobre la base del cuestionamiento de las convicciones que cada uno trae. Si el vínculo de alianza constituye un nuevo contexto de significación, es porque ha transformado las convicciones personales en versiones.

         Es desde esta perspectiva que, en términos de corte, la organización simbólica que instituye la alianza guarda con el parentesco la misma relación que -según decimos los psicoanalistas- la función del padre guarda con el complejo de Edipo. Este nivel de transformación da cuenta también de las continuidades, de la invariancia que hace cadena en la serie generacional; esta nueva familia estará relacionada con el pasado pero admitiendo categorías de sentido inéditas. La alianza opera de esta forma como una nueva matriz creativa.

 

 Significación: palabras y actos de habla

 

"Significar" es un tema central. En nuestros intercambios cotidianos solemos compartir la creencia de que la "función fundamental" de la lengua es permitir que las personas comuniquen entre sí sus pensamientos. Presuponemos en ese caso un código común y significados similares, la posibilidad por tanto de una comunicación sin malentendidos. Pero, como lo vimos recién, no sucedió así ante el sentido de la palabra par con los miembros de nuestro grupo. Ellos se hubieran malentendido si hubieran creído entenderse sin más aclaraciones. ¿Cual es la discrepancia? ¿Es que algunos significados atribuídos a la palabra par serán falsos y otros verdaderos?

         No queremos dejar de lado que el intercambio de significaciones excede además lo que las palabras vehiculizan. Cuando se habla no sólo se articulan y combinan sonidos, y se evocan y combinan sintácticamente las nociones representadas por las palabras. Las palabras o las frases no están dotadas sólo "de por sí" de significados ni son expresión "en sí" mismas de proposiciones verificables o falseables. En el "acto de hablar" se integran zonas más extensas de la actividad humana, en tanto al enunciar no sólo describimos una acción. En el mismo acto se transforman las relaciones entre los interlocutores. Esto se realiza a través de actos convencionales que no se desprenden del contenido intelectual de la frase pronunciada, como en el ejemplo simplificado de nuestro grupo, sino mediante la existencia de ceremoniales sociales que atribuyen a una determinada fórmula, empleada por una determinada persona, en determinadas circunstancias, un valor particular. Y esto es, también, su valor contextual.

         Agreguemos que la enunciación sirve además a propósitos más lejanos que tampoco se desprenden del contenido intelectual de la frase. Por ejemplo, al interrogar a alguien podemos tener la intención de ayudarlo, perturbarlo, hacerle creer que lo apreciamos, etc.

 

Por cierto que no estaba en juego en esta pareja sólo una diferencia trivial de significados idiosincráticos acerca de par. Digamos, por ahora, que esta diferencia era lo que sobresalía, al modo de un iceberg, de dos sistemas de creencias, dos cosmovisiones en las cuales cada uno de ellos había nacido y crecido. Para nuestros fines, el último párrafo de la viñeta, sugiere con cierta ingenuidad que el malentendido trivial ocultaba como sobreentendidos a valores y visiones del mundo donde la subjetividad de cada uno parece enraizada en sus modelos identificatorios.

         Cada familia tiene una serie de creencias que, como una suerte de paradigma, establecen cómo es la realidad, desde qué es lo razonable a cómo se originó el mundo. Las reglas familiares y las ideas que las sustentan no necesitan fundamentarse, en tanto son sentidas como coextensas con el mundo y la vida misma, al ser vividas como "naturales" (nota 3). Esta cualidad de lo natural impregnando las creencias familiares se refleja en el modo de pensar de cada uno de los miembros que componen cada familia, por el que cada uno presupone que respecto a las relaciones familiares "las cosas son así", y que toda la gente piensa o debiera pensar de ese modo. De allí que creamos hablar de algo objetivo y no de un punto de vista subjetivo. Nuestra cotidianeidad está atravesada por estos sobreentendidos; por ejemplo, hay un modo de entender las cosas, de preparar la comida o de celebrar las fiestas, o como con Jorge y Ana, de saber que quiere decir "par", etc. Todos nosotros hemos presenciado discusiones acerca del "modo verdadero" de preparar el bacalao de viernes santo o el gefilte fish de la pascua judía.

         Piera Aulagnier (nota 4) señaló hace tiempo que estas creencias que tienen el cariz de certezas operan como referencias identificatorias. Cada nuevo yo que adviene a una familia repite este discurso que, con características de lo sagrado, impregna cada contexto familiar sin necesidad de ratificación ni rectificación. Estas certezas hacen a la identidad de cada sujeto, confirman su visión de sí, de su modo de ser y del mundo. Dicho en nuestros términos, el modo en que el yo se conoce a sí mismo y al mundo tiene como axiomas a estos supuestos. Si la epistemología del yo tiene a las cosmovisiones familiares como teorías presupuestas, tiende a admitir entonces sólo al conocimiento que confirme su coherencia. En tanto ésta alude a un ligamen constitutivo narcisista, es comprensible que lo que contradiga estos sentidos provoque una herida y suela ser desestimado (nota 5).

         En el grupo que evocamos al comenzar el capítulo, buscamos y encontramos también diferentes sentidos para par, pero había allí una posibilidad de procesar las diferencias que conducía a otro resultado que los malestares vinculares que se originan entre Juan y María en el material clínico que sigue. Postergando por ahora las particularidades del clima emocional de una pareja sobre el que luego abundaremos -y que la diferencian de cualquier otro grupo-, recordemos que del ejercicio con el grupo habíamos particularizado operaciones que nos habían llevado a un nuevo contexto de significación que abarcaba las diferencias. Pasemos a ver ahora cómo se realizan estas operaciones en la constitución de una familia.

 

Primera entrevista.

 

María y Juan al iniciar la primera entrevista no les resulta sencillo narrar que les ocurre. María y Juan están crispados. Se respira en la entrevista un clima en donde, pareciera que todo lo que se diga o se haga puede tener el efecto de poner la gota que derrame el vaso y se produzca el desastre. Conservan, sin embargo cierto cuidado para que la sangre no llegue al río, pero este cauce que pretenden conservar está permanentemente amenazado por el desborde.

 La tarea de contar que les pasa, en esta primera consulta,  cada uno cree que la debiera llevar adelante el otro; en función de esta creencia, María y Juan se acusan mutuamente  que el otro “le tira el fardo”  de relatar al analista lo que les pasa.

Luego, a borbotones, María y Juan cuentan que  este último tiempo se llevan muy mal, pelean por todo, cada uno de ellos está molesto por lo que siente las malas actitudes, las malas contestaciones que recibe del otro. No le resulta fácil al analista hacerse alguna idea acerca de qué es lo que los tiene tan irritados.

María, de un modo un  tanto confuso, dice que la relación desde hace un tiempo ya no es la misma, afirma con vehemencia que Juan no la entiende.

Está en su mundo concentrado en sus cosas, no tienen la alegría que había en otra época.

Juan por su parte siente que no sabe muy bien de que habla María. Él está pendiente de cada deseo de ella, trata de satisfacerla y sin embargo María está malhumorada.  Ya no aguanta más el para él “inmotivado disgusto” que tiene todo el tiempo María.

 

Sesión pocas semanas después de consultar

 

·               María: (al comienzo de una sesión con desesperanza afirma) no nos entendemos doctor, no me entiende. (Ahora con desesperación) ¡No se porqué no nos entendemos!. El otro día Juan estaba leyendo el diario mientras tomaba mate y yo me acerqué y le dije: Juan no me das un par de mates y el me cebó dos mates y siguió con su diario.

·               Juan: (extrañado, y al borde del enojo) yo no  entiendo porque te enojas, ¡te cebé dos mates después de que me lo pediste!María: (muy molesta, exasperada) ¡no entendés nada!

·                Juan: (levantando el tono de la voz) ¡qué no voy a entender, qué es lo que hay que entender!, para mí las cosas son claras, me pedís un par de mates y te cebo dos mates. ¿Qué más hay que entender?

·               María: (mirándolo al analista con desesperación) ¡ve doctor, no entiende nada!

·               Juan: ¿qué es lo que no entiendo, pide un par de mates, cebo dos y me mira como si fuese un desalmado y encima no me escucha

·               Maria: ¡qué es lo que no escucho!

·               Juan: ¡María vos sabés que estoy tratando de adelgazar! Te pido un par de galletitas

·               María: (interrumpiéndolo) y cuando me lo pedís  corro a la cocina  y te las alcanzo.

·               Juan: ¡no me escuchas María! Te pedí un par y me trajiste un platito lleno, cuando vos sabés que me tiento, ¡te pedí un par María, no un platito lleno!

·               María: vos das vuelta las cosas. Yo te traje lo que me pediste. Por qué tengo que adivinar lo que vos pensás. Tomás todo a mal, no sabés tomar algo bien, lo estropeas todo. Te pido con cariño compartir un momento que tomemos mate juntos y vos me das dos mates y seguís tomando sólo.

·               Juan: No te entiendo. Porqué tengo que saber eso que me decís ahora.  Me lo hubieras dicho. Vos me  pedís un par de mates y te doy dos mates. Si yo te pido un par de galletitas traeme dos.

·               María: ¡no nos entendemos!. Es como si habláramos diferentes idiomas

·               Analista: tienen la impresión que hablan diferentes idiomas. Sin embargo mi situación respecto de estos diferentes idiomas es muy especial, María cree que yo la entiendo, y Ud. Juan también cree que yo lo entiendo, y a su vez cuando María cree que la entiendo, supone que no lo entiendo a Juan y Ud Juan, cuando se siente entendido por mi piensa que no la entiendo a María

 

 

Sesión posterior

 

-María: me quedé pensando,  en lo que decía el Dr. que el nos entendía a los dos pero que cuando nos entendía a cada uno no entendía al otro. ¿No sera que  vos y yo con la palabra par decimos cosas distintas?

-Juan: ¿cómo es eso que decimos cosas distintas? Par es dos

-María: No Juan, cuando yo te pido un  par de mates no te pido dos mates

-Juan: ¡No!, ¿qué me pedís? Cuándo yo te pido un par de galletitas te pido dos galletitas.

-María: ¡En serio!

-Analista: entonces tienen razón, si lo escucho a Juan al decir par, y pienso en dos, no la entiendo a María, entonces  cuando la oigo a María diciendo dos y esto lo entiendo significando un número indefinido mayor que dos, no lo entiendo a Juan.

-María: Está bien, con par decimos dos cosas distintas, vos decís dos y yo con par digo una cifra indefinida, en eso puedo ponerme de acuerdo que no te entendí, que incluso te malentendí,   pero hay algo más,  yo sigo ofendida con vos.

Sigo ofendida porqué cuando yo te pido que me cebes un par de mates, lo que  te estoy pidiendo es que hagas algo conmigo.

-Juan: Y yo cuando te pido un par de galletitas te pido que me escuches.

-María: yo te escucho Juan.

-Juan: no escuchas lo que yo te digo

-María: Puede ser, pero vos tampoco escuchas lo que yo digo

-Juan: yo te escucho María.

-María: Me parece que no termino de entenderte (dicho con ternura)

-Juan: Quizás yo tampoco a vos (también con ternura)

-María: A ver si con lo que te digo ahora me entendés un poco más. Cuando te pido un par de mates me acuerdo de una escena familiar, me acuerdo como mi papá le decía a mi mamá “no querés que nos vayamos un par (acentuando la palabra par) de días a la playa”

-Juan: Mirá que cómico es esto, a mi papá lo indignaba que le trajeran planteos poco claros y solía decir cuando alguien se lo hacía “yo a este tipo le voy a enseñar cuantos pares (enfatizando pares)  son tres medias”

-Analista: Es curioso, pero darse cuenta que no se entienden, que cada uno no sabe que lo que el otro dice ha creado un clima de ternura, los hace sentirse cercanos

 

Sesión un tiempo después

 

-Maria: Juan me cebás un par de mates.

-Juan: (con cara de picardía descontando que cuenta con la complicidad de María) ¿dos o más?

-María: (con satisfacción se ríe)

-Juan: ¿qué te parece si nos vamos, ahora que el tiempo está lindo un par de días a la playa?

-María: ¿dos o más?

-Juan: (se ríe a carcajadas)

-María: sí, vayamos un par (subrayando la palabra par) de días a la playa

Solemos llamar figurativamente espacio mental a la localidad donde habita nuestro psiquismo. No ha sido fácil, y no lo es aún hoy en día, concebir a lo inconsciente como perteneciente a nuestro espacio mental, y es prueba de la importancia de esta dificultad el que Freud propusiera como uno de los objetivos de los tratamientos psicoanalíticos el que proporcionara -a quienes lo realizaban- evidencias de su existencia. Es que el psicoanálisis ha puesto en contacto al hombre contemporáneo con un espacio que no había sido contemplado hasta ese momento, muy extraño a su modo de pensar conciente.

         El modo en que nos figuramos este espacio explica en parte sus dificultades. Freud nos decía que esta localidad psíquica era un espacio virtual, modelizable con la imagen virtual que se forma en un microscopio, esto es, no accesible por los órganos de los sentidos y sólo detectable por sus efectos: el síntoma, el sueño, los lapsus, la transferencia, el chiste, etc.

         Los analistas hablamos entonces de representarnos como un espacio al lugar desde donde recibimos y damos significaciones, por tanto en donde también "somos", y al cual no tenemos acceso desde nuestra sensorialidad. Decimos que no es representable con los mismos parámetros con que describimos los espacios euclidianos en que habita nuestra conciencia. Que es desde allí donde también pensamos (o desde donde somos pensados), o más dificil de imaginar aún, como lo es en el decir de Bion, que desde allí tomamos contacto con los pensamientos no pensados. Vayan estas obviedades para no perder de vista que una de las dificultades de nuestro intento tiene que ver con la conceptualización de un espacio vincular, un espacio dador de significados que también es de existencia virtual.

         Recordamos recién que el chiste era un efecto del inconciente. Si "par" resulta en la pareja de Jorge y Ana apta para lo cómico, es porque en el contexto de ese vínculo adquiere el valor de un significante capaz de alojar nuevas y desconocidas (inconcientes) significaciones, y con ello una eficacia cómica de la que carecía previamente. Queremos destacar, por ahora, que el efecto de chiste surge de nuevas condiciones, inconcientes, que lo hacen posible.

         Estamos sugiriendo que algo de la alianza de Juan y María adquiere otro nivel  cuando par empieza a ser una broma. Para nosotros la alianza, cuando es lograda, al instituir un nuevo contexto de significación para sus miembros (un metacontexto de los contextos que daban significado a cada uno), opera como un referente que relativiza los significados individuales; índice de una nueva dimensión de lo inconciente que es, a su vez, una nueva fuente de sentido, incluso para cada uno. Volveremos sobre lo mismo, pero necesitamos incluir nuevos términos para desplegarlo.

El chiste debe su eficacia como tal (Freud, 1905), a que permite la emergencia de una significación reprimida que su elaboración convierte en fuente de placer. Como es lógico, para que halle retorno aquello reprimido, es necesario que esa dimensión se haya constituido previamente. Precisamente por eso el chiste, junto con los sueños, los síntomas, la psicopatología cotidiana y la transferencia, fueron el punto de partida de Freud para fundamentar la existencia de un inconciente reprimido.

         La clínica que encontramos en el "par" no se reconoce en la que describe Freud para el chiste, donde quien lo cuenta no se rie. María y Juan han construido entre los dos ese efecto gracioso, se alternan para contarlo y los dos se ríen. Sólo se emparenta por su brevedad, que nos habla de la condensación de sentidos, y por el múltiple empleo de la palabra que nos informa de la economía localizada por similicadencia en ella. Quizás se aproxime a lo que Freud describe como "lo cómico" donde, a más de nuestro yo, toma parte aquel otro en el que hallamos la comicidad (en nuestro caso, María y Juan capturados por los sentidos de par anteriores al efecto gracioso), y una tercera a la que se lo comunicamos.

         Si la comicidad de "par" surge cuando se conmueven las convicciones personales (que cada uno atribuye al modo de pensar del medio en que nació y creció), queda asociada entonces a los cambios en el vínculo de cada uno de los miembros de la pareja con sus respectivas familias de origen, a su pérdida como sostén identificatorio, ¿a su represión? De ser así, su aptitud para lo cómico depende de la reemergencia de significaciones reprimidas ligadas a estos origenes.

         Debemos aclarar que "familia de origen" (esas que no están presentes en el consultorio), es un término que alude a la representación interna construída y aludida por cada miembro de la pareja, a las que se apela, en este caso, en busca de darle consistencia narcisística a las resistencias al vínculo. La conmoción necesaria de las convicciones personales, esas con las que cada uno hace cuerpo con su "familia de origen", dejan como resto un sentimiento de soledad, zócalo necesario para crear algo nuevo. Es diferenciable así del sentimiento maníaco, asociado al triunfo sobre los padres, del que el psicoanálisis nos ha dado tan amplia noticia.

Si recuerdan a nuestra pareja del "par", Juan y María, también con ellos enfatizamos lo natural que era para cada uno su modo de ver el mundo. No trataron de persuadirse mutuamente sobre el significado de "par" ya que, en tanto el sentido propio para cada uno de ellos era parte del "sentido común", no hacía falta explicitarlo. Hacerlo hubiera transformado lo universal de la verdad que esgrimían en una versión personal.



[i] Este cuadro es uno de los cuatro que forman la serie «Alegorías del amor», de Paolo Veronese realizadas por encargo del emperador Rodolfo II

Se suele creer que en el vínculo no debiera haber malos entendidos, desencuentros, que si hay verdadero amor eso no debiera pasar. En la vida amorosa idealizamos el bien entendido, el encuentro, sin embargo el desencuentro suele ser una vicisitud habitual en la vida de pareja.

El desencuentro encuentra una de sus fuentes en los inevitables malentendidos que signan los intercambios vinculares. Estos malentendidos, en muchas ocasiones, no son concebidos como tales, sino son significados como faltas de lealtad, falta de fidelidad, falta de amor.

Paolo Veronese  representa en esta tela un desencuentro que no tiene que ver con los malos entendidos que tenemos, en tanto sujetos hablantes, representa  a la infidelidad, uno de los desencuentros más penosos de la vida en pareja. Para hacerlo figura a  una mujer infiel, de espaldas, sujetando a su marido con la mano derecha mientras que con la izquierda parece entregar un papel a su amante, hacia quien vuelve la cabeza y la mirada.

El desencuentro en una pareja suele ser representado a través de la infidelidad y quisiéramos distinguirlo del malentendido.

 

[ii] Bertrand Russell propuso a comienzos del siglo XX una solución lógica a las dificultades que traían las paradojas. De su compleja formulación, que fue llamada “teoría de los tipos lógicos”, sólo diremos en tanto atinente a la comprensión de lo tratado más arriba, que según su formulación “las paradojas de las clases”  desaparecen tan pronto se reconoce que una clase es de tipo más elevado que los miembros de la clase. La paradoja es producto de la no distinción entre un elemento y la clase que lo califica, entre un enunciado y el contexto que define su significado. Su tesis central es la existencia de una discontinuidad entre una clase y sus miembros.

Gregory Bateson retoma la teoría de Bertrand  Russell de los Tipos Lógicos.

Según Bateson el doble vínculo anularía la distinción entre mensaje y metamensaje, y a la vez prohibiría la denuncia sobre la anulación de la distinción.

 

[iii] G. Bateson, 1956, Hacia una teoría de la Esquizofrenia, publicado primeramente en Behavioral Science y luego reiteradamente editado. En español en Pasos a una ecología de la mente, Lohle publicaciones, Buenos Aires, 1972.